[Post invitado] Donde la tecnología no llega

Raúl Hernández GonzálezEste artículo es una colaboración de Raúl Hernández González. Raúl escribe, investiga, da charlas y talleres sobre aprendizaje y desarrollo eficaz de habilidades. Es el creador del modelo Skillopment.

Vivimos en una época fascinante para los aprendices, una auténtica edad de oro. La tecnología nos proporciona recursos casi infinitos: cursos, libros, vídeos, podcasts, expertos a la distancia de un click. Y herramientas cada vez más potentes y sofisticadas para colaborar, para tomar notas, para organizar el conocimiento, para compartirlo… todo ello en la comodidad de nuestras casas, o en las palmas de nuestras manos. Y ni siquiera hace falta ser demasiado friki para sacarle provecho; las herramientas son cada vez más sencillas de utilizar por cualquiera.

En este contexto de exuberancia, cabe pensar que todas las barreras al aprendizaje han sido destruidas, y que a estas alturas deberíamos estar todos gozosamente sumergidos en esta edad de oro del aprendizaje. Y sin embargo…

Suelo empezar mis cursos trabajando una pregunta: ¿qué dificultades encuentras para aprender?. Mi objetivo es identificar cuál es el dolor percibido por la gente que quiere aprender cosas, y poner el foco en qué es lo que sienten como una barrera para su aprendizaje. Y a partir de esta reflexión trabajar en posibles soluciones.

Las respuestas suelen orbitar en torno a los mismos temas, con algunos especialmente destacados: la falta de constancia, la tendencia a la dispersión y la falta de tiempo. Unas respuestas consistentes con datos externos, como la baja tasa de finalización en cursos online.

Cuando me paro a pensar, creo que la capacidad de la tecnología para resolver esas dificultades es limitada. Porque no se trata de un problema externo, si no de un problema interno. Un problema de visión, de saber qué queremos aprender, y sobre todo por qué y para qué queremos aprenderlo.

Piénsalo. Cuando estamos convencidos e ilusionados con algo no tenemos problemas para sacar tiempo de donde haga falta, ni nos distraemos con cualquier cosa, ni nos cuesta trabajo mantener el foco a largo plazo. Y sin embargo, cuando nos ponemos a aprender algo sin tener claro el por qué y el para qué, acabamos descarrilando más pronto que tarde: cuando no estamos ocupados estamos cansados, cualquier cosa nos distrae y el chispazo de motivación inicial se apaga enseguida.

Los tecnófilos tendemos a creer que la tecnología lo puede resolver todo. Pero posiblemente pequemos de optimismo. Hay lugares a los que la tecnología no llega. Decía Aristóteles que la victoria más dura es la victoria sobre uno mismo, y en esa batalla la tecnología tiene un papel residual. En última instancia, un papel, un boli y unas buenas sesiones de introspección nos ayudarán mucho más que el último invento de Silicon Valley.

Me gusta pensar que la tecnología es como un coche: cada vez más rápido, cada vez más cómodo, cada vez más eficiente en consumo. Pero un coche, al fin y al cabo, que necesita combustible para moverse y con el que tenemos que decidir a dónde queremos ir: sólo entonces el coche se convierte en una herramienta útil.

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  • Tema realmente relevante, Raúl. Gracias por querer venir a exponerlo aquí 🙂

    Yo que intento ganarme la vida ayudando a la gente a cumplir objetivos de aprendizaje o profesionales a través de la tecnología, sé que es totalmente cierto lo que dices. Si el jugador no se presenta al partido de tenis, no hay partido por mucho que llenes la pista de raquetas.

    Añadiría que no solo la capacidad de la tecnología para resolver esas dificultades es limitada, es que lo es la capacidad de cualquier agente externo al individuo. En ese sentido, de hecho, creo que podemos incluir al papel y al boli de los que hablas como herramientas tecnológicas (no digitales): son objetos muertos si nadie les saca provecho.

    Cuando estaba trabajando en la universidad, aunque mi cargo era director del proyecto de transformación digital, la principal dificultad para transformar cualquier cosa venía de la predisposición de las personas a aceptar que la cosa tuviera que transformarse (o no tanto que tuviera que transformarse, sino lo que eso significaba en relación a sus hábitos de trabajo, a su lugar en la organización, etc.). De hecho, yo siempre decía que me sentía más como alguien que debía impulsar y gestionar el cambio que como alguien centrado directamente en la tecnología digital.

    En fin, que la tecnología es muy buena pero es un medio y no un fin. Lo bueno es que de un modo u otro todos tenemos fines deseados, así que supongo que se trata de descartar los me gustaría para ser capaces de identificar los quiero y después tener los recursos y herramientas que nos acerquen a ellos.

    Lo dicho: ¡gracias!

  • Pingback: Tecnología y aprendizaje: donde la tecnología no llega > Raúl Hernández González | @rahego()

  • Ops, ¡se me olvidaba!

    Un par de datos relacionados con la tasa de finalización (superación) de formación online (experiencia propia, de hace bien poco en ambos casos):

    MOOC que gestioné y coordiné en MiriadaX: 12,75%
    Curso online que impartí para el personal de una administración pública: 93%

    En ambos casos la inscripción era gratuita y voluntaria para los participantes finales. Sin embargo, creo que productos como los MOOC entran muy a menudo en la categoría de me gustaría</em que decía en mi comentario anterior. Son plataformas muy golosas, entramos a ellas y es muy fácil simplemente apuntarse a cualquier curso que nos llame la atención. En cambio, el segundo caso era una formación totalmente relevante para la audiencia a la que se ha dirigido, no obligatoria pero que creo que era fácil para ellos percibir como algo que les iba a dar unos resultados concretos y de aplicación inmediata.

    Y aparte de eso, claro, está la metodología empleada, el seguimiento y participación del profesor (o facilitador, o como se le quiera llamar) y otros factores internos que desde luego tienen gran incidencia en el grado de seguimiento y superación. Pero todo eso sin un enfoque correcto e interés real de entrada por parte del estudiante, pues mala cosa…

    No sé si me he apartado un poco del tema, pero bueno… el comentario sobre la formación online me invitaba a irme por este lado.

    • [no veo la segunda parte de mi comentario anterior; la pego aquí]

      …que decía en mi comentario anterior. Son plataformas muy golosas, entramos a ellas y es muy fácil simplemente apuntarse a cualquier curso que nos llame la atención. En cambio, el segundo caso era una formación totalmente relevante para la audiencia a la que se ha dirigido, no obligatoria pero que creo que era fácil para ellos percibir como algo que les iba a dar unos resultados concretos y de aplicación inmediata.

      Y aparte de eso, claro, está la metodología empleada, el seguimiento y participación del profesor (o facilitador, o como se le quiera llamar) y otros factores internos que desde luego tienen gran incidencia en el grado de seguimiento y superación. Pero todo eso sin un enfoque correcto e interés real de entrada por parte del estudiante, pues mala cosa…

      No sé si me he apartado un poco del tema, pero bueno… el comentario sobre la formación online me invitaba a irme por este lado.

      • Creo que son puntos que complementan muy bien lo que yo apuntaba al inicio. Al final, la experiencia de aprendizaje es un combinado de factores. Hay uno que es imprescindible, que es la voluntad de aprender. A partir de ahí, la combinación del resto de factores (tecnología, apoyo y seguimiento, facilitación, colaboración, etc…) lo que hacen es contribuir en mayor o menor medida al éxito (efectividad, velocidad, etc.) del proceso.

  • Muchas gracias Raul y Javier por estas reflexiones.
    Efectivamente creo que la clave está en el para qué y por qué aprendemos algo. He visto muchas veces ese “síndrome del objeto reluciente” tanto en conocidos como incluso en mi mismo.
    Hay tanta cantidad de contenidos y cursos interesantes en internet que tienes la sensación constante de que estás perdiendo oportunidades si no aprendes esto y lo otro.
    Creo que la solución para no morir agotado por este efecto pinball está en plantear una estrategia de aprendizaje personal. Es decir, pararte y pensar ¿cuál es el objetivo que quiero alcanzar? ¿En cuánto tiempo quiero lograrlo? ¿Qué cosas debo aprender y hacer para ir desde el punto A al punto B?
    Y como nadie nace sabiendo, considero muy importante encontrar un mentor que te oriente y te sepa plantear estas preguntas aparentemente tan sencillas. Al menos para mí, es una de las mejores inversiones que he hecho.
    Un saludo!

    • Coincido plenamente.

      Muchas gracias por el comentario y la visita, eres bienvenido siempre que quieras 🙂